lunes, 31 de mayo de 2010

Clasificados

Encontré por ahí un concurso de relatos sobre anuncios clasificados. Aquí va el mio.

Un hombre pagó un aviso ofreciendo un millón de dólares al que le hiciera reír. Puso al final un teléfono. El anuncio se publicó el domingo y durante toda esa semana, llamaron cientos, miles de personas que contaron chistes, imitaron voces, compartieron sus anécdotas. El hombre al siguiente domingo dio el nombre del ganador. Era su madre, lo llamó a decirle:“Hijo, no se te olvide pagar el teléfono”.



Concurso de relatos sobre anuncios clasificados de tablondeanuncios.com

viernes, 28 de mayo de 2010

El viajero mental



He viajado a través de un país de hombres,
un país de hombres y también de mujeres,
y he oído y visto tan horrendas cosas
como nunca los caminantes de la fría Tierra han conocido.

Porque allí nace en la alegría el niño
que en el atroz dolor fue concebido,
tal como en la alegría cosechamos el fruto
que fue sembrado en lágrimas amargas.

Y si el recién nacido es un varón,
es entregado a una mujer anciana
que lo clava tendido en una roca
y en copas de oro coge sus lamentos.

Con espinas de hierro cierne su cabeza,
y agujerea sus pies y sus manos,
corta su corazón y lo desprende
para hacerle sentir calor y frío.

Sus dedos enumeran cada nervio
como un avaro contando su oro,
y de lamentos y gritos se nutre,
y él envejece, y ella se hace joven.

Hasta que convertido en un joven sangriento,
y ella mudada en espléndida virgen,
destroza sus cadenas, y la amarra
a ella a la Tierra para su placer.

Se planta él mismo en lo nervios de ella
como un labriego planta en su terreno,
y ella se convierte en su morada
y en jardín que le rinde setenta veces frutos.

Pronto se torna envejecida sombra
vagando alrededor de una cabaña terrestre,
llena de pedrerías y de oro
que ganó su trabajo.

Y éstas son las pedrerías del alma humana,
los rubíes y las perlas de un ojo enfermo de amor,
el oro innumerable del corazón que sufre,
el gemido del mártir y el suspiro del enamorado.

Son su alimento y su bebida,
mantiene a los mendigos y a lo pobres,
y para el caminante en viaje siempre
su puerta permanece abierta.

Su pena es alegría eterna en ellos;
hacen resonar los techos y los muros
hasta que de la lumbre del hogar
una pequeñuela emerge de pronto.

De fuego sólido ella es,
y pedrerías y oro, en tal manera
que nadie osa tocar su infantil forma
o envolverla en pañales.

Pero ella llega donde el que ama,
joven o viejo o rico o pobre;
muy pronto expulsan al anciano huésped
que se va mendigando por puertas ajenas.

Va llorando errante, muy lejos,
hasta que alguien admita hospedarle,
a menudo ciego por la edad, desesperado,
hasta que puede ganar una doncella.

Y para consolar su edad helada
en sus brazos la toma el pobre hombre.
La cabaña desaparece de su vista
y también el jardín con sus dulces encantos.

Los huéspedes están esparcidos por toda la región,
porque el ojo alterado altera todo.
Los sentidos se enrollan en sí mismos, con miedo,
y la Tierra plana se convierte en una pelota.

Las estrellas, el Sol, la Luna, todo huye.
Un vasto desierto sin límites,
y no queda nada de comer o beber,
y alrededor sólo el desierto oscuro.

La miel de sus labios de niña,
el pan y el vino de su dulce sonrisa,
el juego desordenado de su ojo vagabundo
a una ilusoria infancia le conducen.

Porque a medida que come y bebe se transforma
haciéndose más joven cada día,
y ambos, en el salvaje desierto
van errantes llenos de terror y congoja.

Ella huye como cierva salvaje,
su temor planta muchos matorrales salvajes,
mientras él la persigue de noche y de día,
por artificios de amor conducido.

Por artificios de amor y de odio
hasta que el salvaje desierto entero está plantado
con laberintos de díscolo amor
donde vagan el león, el lobo y el oso,

hasta que él se convierte en un díscolo niño
y ella en una llorosa mujer envejecida.
Van a vagar allí, entonces, muchos enamorados.
El Sol y las estrellas aproximan su curso.

Dulce éxtasis los árboles producen
para todos los que vagan en el desierto,
hasta que más de una ciudad allí es alzada
y más de una agradable cabaña de pastor.

Pero cuando hallan al colérico niño
el terror cunde en la extensa región:
gritan ¡El niño, el niño ha nacido!
y huyen en todas direcciones.

Porque hasta la raíz se seca el brazo
de aquel que osó tocar la colérica forma:
osos, leones, lobos, todos huyen aullando,
y todo árbol arroja sus frutos.

Y nadie puede tocar esa forma colérica
a menos que lo haga una mujer anciana.
Ella al niño tendido clava sobre la Tierra
y todo pasa como ya lo he dicho.


william blake

lunes, 24 de mayo de 2010

A PESAR DE LA VERDAD

Fernández entró a DON ANIBAL y se detuvo a mirar lo que quedaba: Mesas y asientos por el suelo, un reguero de vidrios, envolturas de papas, pedazos de galletas rancias y cigarrillos de contrabando, nadando entre charcos de sangre. Un hombre muerto estaba acodado sobre el mostrador. Una línea de metralleta le minó la espalda dejándole un camino abierto de puntos negros. Fernández miraba sus zapatos cuando Braco entró, escoltando a Aníbal Giraldo. Lo llamaban Don Aníbal. Cuarenta y seis años, viudo, profesión comerciante. Era un tamal rechoncho tan alto como una escoba, con bigote aterciopelado y tufo espantoso. Trece años atrás le colocaron un peaje por la mitad de su parcela y se le ocurrió poner un negocio. Le puso por nombre DONDE ANIBAL, pero la pintura roja con las letras D y E se habían desprendido del anuncio. Se ganó el Don sin haber pisado la escuela primaria. A la pregunta: ¿Qué mierda pasó aquí? Contó de largo su historia.
Desde el mediodía bebía con Edgar, el vendedor de achiras y señaló al sujeto en el mostrador. Discurrían acerca de quién sería el campeón de México 86. A eso de las once, su compadre clavó el pico. Quedó profundo. En esas entraron tres soldados y pidieron una cerveza. Los soldados tenían la instrucción de verificar que los viajantes se detuvieran a pagar el tributo al Estado y supuestamente debían cuidar la caseta de madera de un posible ataque del M-19. Eran buenos tipos, aunque uno de ellos, Alzate, al que llamaban “Cabezón”, no lucía a gusto. Movía la pierna con angustia. Insistía que el peaje estaba solo y debían irse, que en cualquier momento llegaría el Teniente.
−La última “Cabezón”− Le insistieron sus compañeros.
Alzate dejó de mover la pierna y los soldados chocaron las botellas. Bebieron hablando de sus cosas. A la tercera cerveza, comenzaron a hablar de María de los Milagros, la hija de trece años de Don Aníbal. La chiquilla era guapa, sordomuda de nacimiento y estaba quietecita mirando el televisor en blanco y negro empotrado en el techo.
La alarmó de un reloj de pulsera comenzó a pitar y Fernández interrumpió el interrogatorio. Otras ocho horas habían terminado y era el momento de tomar su droga psiquiátrica. Braco le recordó que las guardaba en la chaqueta y Fernández lo miró agradecido. Quería mucho a su compañero. Quererse significaba que ambos se cuidaban el culo, nada que ver con lo que se rumoraba dentro ASUNTOS ESPECIALES del F-2.
Fernández estaba mamado de las putas pepas, pero la psiquiatra fue lo suficientemente clara, sufría de no-se-que-mierda en su cerebro, una “anomalía congénita y degenerativa” de la cual nunca se curaría y el único tratamiento eran esas malparidas pepas. A veces creía que lo mejor era terminar atado a una camisa de fuerza en un cuarto de espumas. Fernández extrajo de su chaqueta negra un frasquito transparente. Lo único que tenían de bueno eran que le daban un poco de sosiego. Abrió la tapa con el dedo gordo y extrajo una pildorita. La lanzó a su boca y le pegó un mordisco. Don Aníbal veía cada movimiento anonadado.
−Gracias, Braco. Ahora déjame terminar el interrogatorio. ¿Ve a ver si encontraron algo? ¿Te parece?− El agente especial asintió con la cabeza
−¡Ah! Y búscame un café.
Mientras Fernández se tomaba su tiempo para paladear el medicamento, Braco salió a la calle. La carretera era un par de líneas fosforescentes en el asfalto.
−Lo siento. ¿En qué íbamos? −Carraspeó. Eran insípidas las malparidas. −Ah, sí. En los soldados. ¿Cómo putas terminaron muertos?
Don Aníbal continuó en tonito demacrado. Los soldados se despachaban las cervezas y mientras Mejía y Villa la pasaban de lo lindo, Alzate comenzó a mover la pierna. Volvió a comentar que debían volver al peaje. Además, no quería emborracharse, porque siempre acababa haciendo una locura. Le hubiese encantado matar al hijueputa del Dragoniante Villa, cada vez que le decía "Cabezón" imaginaba que le enterraba el destapador en la garganta, partía una botella y con el pico le examinaba las tripas. Con ese cretino era injusto desperdiciar municiones, pensaba, esas eran para los guerrillos.
Eran las once y trece cuando llegó a la tienda el ruido lejano de un motor. Alzate fue el primero en levantarse, pero no era el Teniente, a menos que se hubiese comprado una camioneta Toyota último modelo. Todos vieron como se estacionaba frente a la tienda. El sujeto que la manejaba entró a la tienda. Era un señor de color, con una cicatriz en la frente con forma de X. Pidió un paquete de cigarrillos y se fue. Un minuto luego a Alzate le dio por salir a la calle y comenzaron los triquitraques. Por unos segundos que parecieron siglos la música de la radio fue silenciada por el silbido de las ráfagas, el crujir de la madera, el tintinear de los cristales rotos de la estantería que se vino abajo y el aullido espantoso de Edgar que alojó en su pecho una descarga fatal. El vendedor de achiras estuvo vivo unos diez segundos antes de sufrir un ataque de epilepsia y morir como una rata sobre el mostrador.
Las balas opacaron los fuegos artificiales. Don Aníbal insistía que no vio nada más. Salvando su vida se arrojó sobre los escombros, cubriéndose la cara con ambas manos.
−No vi nada más…
−¿Nada? −Fernández se concentró en sus ojos.
−Estuve tumbado, ahí detrás −El gordo señalaba el mostrador.
−¿O sea que nada de lo que sucedió afuera lo vio?
El tendero alzó los hombros y negó con el bigote. Era un conejito asustado. Fernández conocía esa mirada de memoria, la de un boludo que ocultaba información. Sentía rabia al ver la lechona negando con su cabezota, pero estaba impedido, le era imposible responder a los golpes, el efecto somnífero de la pepa que viajaba por el cuerpo controlaba su adrenalina. Una placentera vibración en su cuello lo mantenía en sus cabales.
−Acompáñeme− Le señaló Fernández la puerta. Tenía agrieras, dudas y necesitaba aire. Eructó.
−Pero ya le dije todo. ¿Qué más quiere?
−La verdad.
−Ya le dije la verdad− El detective tomó del brazo a Don Aníbal y lo condujo hasta la salida diciéndole muy en serio estas palabras:
−La verdad, amigo, es un concepto muy estrecho.

Una ambulancia se encontraba en la cuneta y un trío de paramédicos se alistaba para entrar en materia. Los sujetos de bata blanca habían rodeado ya el sitio con una tira de plástico y acomodaban sus tapabocas en sus caras de guayabo.
En el suelo tres soldados estaban tendidos formando una especie de triángulo de sangre. Fernández encendió un cigarrillo para quitarse de encima el sabor de la boca y empujó al tendero hasta llegar al cuerpo de Alzate, la primera víctima. De su muerte quedaban pocas dudas. Alcanzó a acercarse a unos dos metros de la Toyota. El negro asomó el pico de una metralleta por la hendidura que separa la puerta del chasis y la ráfaga le voló la parte superior del cráneo. Vaya cráneo, por cierto.
−Así que este es el primer muñeco− Fernández giraba lentamente el cuello contemplando el camino que separa a la tienda de la camioneta, la camioneta del muerto y el muerto de los ojos del tendero.
−¿Porqué el soldado Alzate salió a la calle?
Cuando el negro de la X en la cara recibía los vueltos, explayó su billetera y dejó caer un papel al suelo, luego se fue sin darse cuenta del abandono. Los soldados se arremolinaron en torno a los que estaban en el piso. No sé que mierda era. Villa que era un año mayor y por ende el superior, pensó quedársela pero Alzate se la rapó de las manos. El soldado macrocefálico salió de la tienda a entregar lo que se le había quedado y fue cosido a tiros.
−Eso es todo. Se lo juro.
Fernández se agachó. Vio con detenimiento los pedazos de sesos y lo que quedaba de la cabeza. Luego volvió a erguirse, las manos en su espalda, el caminar lento. Observó la cara de angustia del Dragoniante Villa, la mueca de dolor del soldado Mejía. Detalló que cada uno poseía un boquete gigantesco, rodeado de humo. Ninguno de los soldados mostraban señas de los puntitos negros de metralleta. Conocía la razón, eran tiros de escopeta, pero lo confirmó con uno de los hombres de bata blanca. Estaba claro. Había otra arma y otra arma era otro hombre.
−¿Otro hombre?− El tendero insistía en su versión. Permaneció escondido detrás del mostrador. La forma en que la lechona se tocaba los bigotes le daba a entender a Fernández que lo tenía contra las cuerdas. La mentira era como la gonorrea. Se podía oler.
−Ya le dije todo− El mofletudo bajo la mirada al suelo donde encontró un charco de sangre.
−Creo que desconoce la gravedad del asunto. Mentir en una declaración a la policía es muy grave... Casi como matar a una persona.
El tamal se ablandó, comenzó a gimotear. Temblaba.
−Es su última oportunidad, amigo. Si se calla y luego compruebo que me mintió, se va hundir, créame.
Don Aníbal pareció dudar, estaba en la lona y veía seis dedos cuando el referee le mostraba tres. Este era de la clase de idiotas que se dejan noquear sin necesidad de darle un puño.
−¿Qué pasó? − La pregunta retumbó en la cabeza de Don Aníbal y a su mente volvieron los pantanosos momentos de ebullición en que su vida cambió de forma radical. Se devolvió en el tiempo. La estaban pasando bueno, menos el Edgar que retozaba en la barra y Alzate que miraba a cada minuto el reloj. Cuando se despacharon las cervezas el Dragoniante Villa codeó a Mejía.
−¿Qué dice? ¿Otra chelita?− Mejía respondió afirmativamente. Se la había pasado viendo a la mesa que daba contra la ventana, donde estaba María de los Milagros.
−¿Y usted, "Cabezón"? ¿Se toma una?− Alzate respondió con piedras.
−¡Qué no me llamé así, no joda!
El rumor de un coche acercándose interrumpió las bromas. El Dragoniante ordenó a Mejía asomarse. Este regresó corriendo.
−Frescos... Es una Toyota.
Dos focos de luz se colaron por la vitrina y la camioneta se estacionó frente al local. El negro de la X en la cara entró acompañado de un calvo. Ambos poseían traje y venían conversando amigablemente hasta cuando vieron a los soldados.
−¿Un calvo? ¿Cómo era el tipo? −Interrumpió Fernández mordiéndose el labor inferior. Había sacado de un bolsillo una libreta y tomaba apuntes con un kilométrico azul.
−Viejo, flaco, completamente calvo. Llevaba unos guantes de cuero. Mientras el de la cicatriz observaba a los soldados, el calvete compró los cigarrillos. Fue a él quien se le cayó el papel y por el que se armó todo este alboroto.
−¿Y porqué no lo había dicho antes? ¡Ahhh!− A Fernández le traía sin cuidado que le dijeran mentiras, era lo único que se podía esperar de un ser humano. Lo que le molestaba era que ese marrano hubiese jurado haber dicho la verdad. Lo juró. Malparido. Cuando una persona predica decir la verdad y miente, nadie le volverá a creer. Cuando un malparido jura decir la verdad, el costo de su traición es la muerte. Le pegó su cachetada, como para afinar. A golpes es que se aprende ha ser serio en esta vida.
Don Aníbal se tocó la mejilla, los ojos lacrimógenos, el labio tembleque. A las malas confesó. Cuando el soldado Alzate salió a la noche, el negro de la X en la cara estaba sentado en el puesto del piloto encendiendo la camioneta. Al calvo lo perdió de vista. Recordaba haber escuchado que estallaban a la distancia unos fuegos artificiales y ver el reflejo en el cielo de una constelación de puntos naranjas. Luego el soldado Alzate gritó: “oigan, esperen” y se armó la de chúpame-el-culo. Volvieron a sus ojos los ecos lejanos de las balas, el hedor a pólvora y la imagen de una cabeza que volaba en mil partes. Su voz se quebraba. Contenía las lágrimas.
−Esa es la verdad.
La palabra verdad en la boca de este tipo era una ignominia y lo confirmó luego de revisar el estado de la gravilla alrededor de la puerta del copiloto. No existía ningún calvo, ni rastros de su paso por ninguna parte. Simuló anotar unas palabras en la libreta. Le salió un asterisco barrigón con siete brazos. Después de eso levantó la cara y le lanzó al tipo una mirada de arriba a abajo.
−¿Dónde compró esas botas?− Eran unas botas obreras con punta de acero.
−¿Por qué?
−¿Me permite ver las suelas? −Don Aníbal levantó el pie derecho. El detective detalló las ondas de caucho y luego las comparó con las que se encontraban en el piso. Unas muy parecidas surgían en la entrada. Fernández siguió el camino con la vista y se perdían en la parte lateral de la tienda.
Tomó al tipo de la camisa y lo arrastró hasta el lugar. Allí se encontraba una escalera arrumada en el suelo. La levantó.
−¿Qué diablos hace?− Fernández miró a los ojos del tendero y supo que el sujeto tenía tres alternativas: salir corriendo, pudrirse en la Penitenciaría, o botar la toalla. Si elegía la última, prometía salvar su vida. Había manchas de sangre en un par de escalones. Fernández la recostó contra la pared.
−Espere, ¿Qué va a hacer allá arriba?
En el techo, de tejas de cinc, estaba lo que buscaba, la prueba reina que llaman. Una escopeta hechiza, escondida tras el letrero del local. De un salto llegó al piso.
−¿Qué es esto? ¡Ahh!− Fernández pareció que se lo quisiera encajar en los ojos. −Disparó esta arma. ¡Dígame de una buena vez! ¿La disparó?
Don Aníbal estaba pálido, le era imposible musitar un vocablo, así que Fernández le partió la boca.
−Le estoy preguntando ¿Usted disparó esta escopeta?− Levantó su mano para acabar con la ortodoncia cuando apareció corriendo una jovencita de unas largas y macizas piernas, dotada de espectaculares atributos, pese a tan corta edad. Su vestido de flores insinuaba unos pezones negros y tiesos. Era linda y lindo la forma en que se abrazaba con su padre. Una escena conmovedora. Lástima que la ley no tuviese diferencias para estos casos.
−¿Disparó la escopeta?− Aunque hace mucho tiempo Fernández había perdido la fe en los hombres, cuando el tendero asintió con la cabeza hubo un sentimiento íntimo que le desmoronó el alma. Esa condenada especie que llamaban seres humanos, debían acabar de una buena vez con todos. Es más, se ofrecía a quebrar a ese hijueputa gratis. Le clavó una cachetada en la mejilla sana por puro respeto con su hija.
−¡Asesino!− En la carretera, una mula hizo un gran estruendo al pasar por la vía. El ruido, la visión de la sangre, la emoción del momento hizo que Fernández se sintiera ligeramente mareado. Respiró.
−¡Acompáñeme! − Don Aníbal pareció entender las palabras emitidas por el policía hasta que fue tomado del saco, separado de su hija y arrastrado a la patrulla. Pedía perdón, todo lo podía explicar. Debían escucharlo. Fernández lo embutió en el coche. Al cerrar la puerta por poco machuca los dedos de la niña.
−¡Mmmmmmmmmmmmm!− La jovencita exclamó histérica. Su reacción era temeraria. Cerró los puños, protestó levantando los brazos, quería pelear. Fernández le echó una sonrisita. Estaba acostumbrado a lidiar con perras de mayor edad y la subestimó cuando le dio en el estómago. Entre más jovencitas, más briosas. Le dio un leve empujón y descuidó su espalda. La sordomuda le sembró una patada.
−¡Mmmmmmmmmmmmm!− Saltaba buscando un mejor ángulo para un segundo ataque. Fernández sujetó su brazo, dobló su muñeca contra la espalda y la empujó contra el vidrio.
−¡Perra!−Don Aníbal protestaba dentro de la patrulla. Esto le dio rabia. −¡Te vas a quedar quieta!− Dijo sin interesar si ella le entendía. La agarró de su coleta y le acercó su rostro. Quería sentir su respiración. Cuando la niña chilló se dio cuenta que trataba con una sordomuda y como un reflejo involuntario apretó su codo y se lo arrejuntó. Jamás se lo había hecho a un fenómeno y la pelada poseía sus atributos. Pensó en la perra de Viviana.
−¡Mmmmmmmmmmmmm!− Ya estaba bueno. Quedaba arrestada por atentar contra un detective del F-2. Tomó sus muñecas y la esposó. Eso para que aprendas lo que pasa si te metes con la ley, nena, le pensó decir pero se quedó callado. Después tendrían tiempo para terminar lo que empezaron, por ahora la dejó en el puesto trasero, junto a su padre. Se veían bonitos los dos esposados. Cuando cerraba la puerta el tendero comenzó a graznar.
−¡Le diré la verdad! Escúcheme. Fui por la escopeta para defender a mi hija− Don Aníbal guardó silencio. Un gimoteo de bebé recién nacido se convirtió en cuestión de segundos en un torrente de lágrimas. Fernández dejó que llorara, todo esto lo mantenía excitado. −Tiene que creerme...
−¡Cállese! Ya tuvo su oportunidad y la desperdicio. Lo que tenga que decir lo hará en la Estación.
Cerró la puerta. Siempre que se excitaba con el efecto de la pepa comenzaba en su bilis una serie de picadas que lo podían hacer revolcar en el suelo por horas. Sabía muy bien que si se enojaba se pondría peor. Contó hasta tres, como le había dicho la psicóloga. Levantó los brazos y respiró. 1-2-3.
Cuando el dolor disminuyó se reunió con los hombres de bata que estaban analizando el cuerpo de Alzate. Detalló con curiosidad el brazo del occiso. Lo traía levantado, la mano engarrotada, los dedos dispuestos al cielo como si señalaran en el espacio un ave pasajera.
−Necesito que levanten este cuerpo de inmediato.
Los sujetos hicieron lo que pudieron. Fernández permaneció a un lado, fumando un nuevo cigarrillo, observando la forma como lo embutían en una talega negra. Cuando estuvo el fiambre en la ambulancia se acercó y le fue fácil descubrir un objeto que titilaba en el suelo. Lo levantó del piso. Era un reloj de chaleco, antiguo y gastado. La guardó en una bolsita transparente marcada con la palabra EVIDENCIA.
En esas apareció Braco. Traía cara de haber estirado orinando en un árbol. Le mostró la escopeta y le contó todo el rollo. Entre el negro muerto en la camioneta y el tal Don Aníbal habían quebrado a los soldados, al parecer por una discusión originada por un relojito. Sonaba ilógico.
−¿Cómo putas dos soldados entrenados se habían dejado matar tan huevonamente?
Había en esto un tufillo desagradable. Mientras los de bata jugaban a la fila india con los restos de los soldados y el vendedor de achiras, decidieron meter mano al cuerpo que reposaba en la Toyota. Braco se encargó de revisar la camioneta, Fernández del negro. Estaba con la cabeza ladeada, apoyada en el timón. Lo levantó del cabello, encontrando una cara familiar. Lo había visto perder en el 81 el título de la Liga Bogotana en peso Walter con el mote de "Kid Cangrejo" ¿Qué putas hacía en ese escarpado de mierda? En sus papeles aparecía su verdadero nombre: César Castellanos, al lado de cinco mil pesos en efectivo. Traía también un manojo de llaves, dos clips, una bolsita de azúcar, un mondadientes y una pequeña libreta. El dinero se lo guardó en la chaqueta, junto con las llaves y el reloj. Las otras cosas las botó lejos, a excepción de la libreta que terminó en el bolsillo trasero de su pantalón.
Braco se hizo notar, había encontrado en la parte trasera una pista. Exactamente en el baúl, bajo la caja de herramientas. Resultó ser una puerta falsa. Enterrando las puntas de sus dedos Fernández logró desatorar el piso.
−¡Mierda!− En un receptáculo especialmente construido para la camioneta se toparon con un cadáver en alto grado de descomposición, envasado en una urna de vidrio sellada. Estaba en posición fetal y tenía por todas partes una especie de espuma blanca. Su pelo de ébano oscuro como la tierra le caía por los hombros tapándole los senos. Sus manos abrazaban sus rodillas. Era una mujer preciosa de unos cuarenta años. La más hermosa de todas las mujeres muertas que vio alguna vez.
Los paramédicos se acercaron y entre todos, menos Braco, que se hizo a un lado, ayudaron a sacar el ataúd transparente. Lo extendieron en el borde de la carretera.
−¿Qué mierda será eso?− Preguntó uno de los de bata, refiriéndose a la espuma blanca que cubría la piel. Fernández les ordenó extraer el cuerpo del interior, sentía curiosidad, le encantaban las mujeres muertas tanto como la leche.
Los paramédicos examinaron el acuario. Estaba sellado al vacío, la pared frontal soldada con silicona, sin cerraduras. A punta de soplete desprendieron los cuatro lados, sin dañar el cristal y antes de empezar con el tercero se levantó un olor hediondo que se esparció por kilómetros a la redonda.
Fernández tuvo que cubrirse con un tapabocas. Estaba pudriéndose la condenada, aunque por su rostro parecía haber tenido una muerte tranquila. Según los forenses por lo menos llevaba una semana muerta. Tomaron varias muestras de espuma, sangre, cabellos y gusanos. Una herida mal cosida en el bajo vientre, muy cerca de su sexo, era la única señal de violencia en su piel. En el cuello tenía un collar de oro y una diadema con un nombre: CRISTINA. Así, sin apellidos.
−¿Tú que piensas Braco?−
El sabueso tenía la jeta abierta y de su larga lengua escurrían las babas. Siempre se ponía así con las mujeres muertas.
−¡Qué clase de malparido se jode a una hembra como esta! Un verdadero hijueputa.

Los chulos comenzaban a dar vueltas en el cielo cuando Fernández montó a la patrulla. Tras la malla metálica la lechona pedía que le dieran una segunda oportunidad, déjenme explicar lo que sucedió, le diré todo, pero no me lleve a la Estación, decía. Fernández lo puso en su sitio de un grito.
−¡No más!− Golpeó la malla. −Y si vuelve a decir algo... ¡Lo quiebro!
Braco subió al auto de un brinco. Dieron reversa, vieron los seis muertos enchuspados en talegas de plástico negro siendo acomodadas en la parte trasera de la ambulancia por los hombres de blanco y arrancaron dejando una estela de humo. El gordo quedó tan lacónico como su hija y desde que cruzaron el peaje permaneció mirando por la ventana la niebla, ausente de este mundo.
Avanzaron a gran velocidad por la carretera. Cruzaron la montaña, adornada de frailejones y se internaron por un camino sembrado de pinos y abetos. Fernández había encendido la radio y sonaba el coro de “Gitana” el más reciente éxito de Willie Colón. Braco estaba distraído, con los ojos en la vía. En una curva, desde el borde izquierdo de la carretera vieron la ciudad y más adelante a un sujeto que caminaba por la orilla del camino. Don Aníbal le reconoció de inmediato.
−¡Es él!− Señaló con su cara −¡El calvo!
El auto frenó en seco dejando las suelas de las gomas en el asfalto. De un jalón Fernández se desprendió del cinturón de seguridad, abrió la puerta y saltó a la calle empuñando su arma. El sol le impedía observar con claridad y se llevó el dorso de la mano a la frente. Miró hacia la lontananza. Nadie estaba allí, sólo la carretera y a los lejos, Bogotá.
−Ya vengo− Le escucharon decir en la parte trasera. −Ni se les ocurra moverse. ¡Braco, encárgate de ellos!
Salió corriendo hacia el bosque.
Durante diez minutos eternos, en el que de vez en cuando una esporádica flota cruzaba por la carretera, sin la presencia de Fernández, con un Braco adormilado en la silla, Don Aníbal trató de comunicarse con su hija moviendo sus labios. María de los Milagros observaba fijamente la boca de su padre gesticular sin emitir ningún sonido. Le decía que le perdonara, que estuviese tranquila, que él era inocente y probaría a todos haber actuado de buena fe, que si pasaba algo se comunicara con sus tías en Cartago. La niña a todo asentía con la cabeza.
Cuando Fernández regresó Don Aníbal cerró sus labios. El detective estaba de malas pulgas. Se había espinado el culo ladera abajo sin encontrar a nadie. Abrió histérico la puerta de atrás.
−¿Me quieres cañar, no, malparido?
Don Aníbal sintió que una fuerza descomunal lo levantaba de la silla. Dos manos de policía lo agarraron del cuello y lo sacaban a la intemperie. Luego sintió una patada en los huevos. El tendero acabó en el piso, explayándose como lo haría un marrano. Cuando pudo volver a levantar la cabeza, el detective lo golpeó con la cacha de la pistola. Por sí las moscas.
−¡Se acabó!− El tamal estaba transparente y leve como una pluma. Lucía como un guiñapo. De su ceja emergía un chorro de sangre.
−Estaba ahí. Se lo juro− Don Aníbal trató de reincorporarse una vez más y una nueva patada lo dejó en el piso. Pensó que jamás volvería a levantarse. Ahora temblaba, sentía miedo por su vida. Si no fuese por el efecto de la pepa, que sedaba al policía, Fernández lo hubiese colado a tiros.
−Ya estuvo bueno− Protestó Braco en el asiento del copiloto, asomando su cabeza por la ventana. Hasta allá afuera llegaban los berridos de la niña.
−Esta bien− Fernández se arregló el cabello. −¡Esta bien! Lo voy a dejar sano, con una condición. Quiero saber toda la verdad. ¿Entendió? −Y enfatizó en las palabras TODA LA VERDAD, una redundancia, pues la verdad era una sola y Fernández lo sabía muy bien.
El tendero se reincorporó del jalón que le dio el policía. Frente a un puño cerrado lo menos que podía era colaborar y cantó como un pajarito. Recordaba vagamente el tiroteo. Oculto tras el mostrador sólo pensaba en María de los Milagros.
Estaba en una de las mesas, cerca a la ventana. Trató de levantarse pero un proyectil chisporroteó en el aire. Un segundo intento por moverse por poco me arranca una oreja. Remolcado con los codos se devolvió hasta el otro extremo del mostrador, allí, debajo de una madera ocultaba una escopeta. Verificó que estuviese cargada y se levantó decidido a llevarse al primer hijueputa que asomara la cabeza. Al único que vio fue al Edgar, revolcándose, expulsando sus entrañas por la boca.
Los tiros habían cesado cuando estuvo en pie. Por encima del cañón miró el ventanal y se llevó un tremendo susto al ver la mesa donde estaba hacía unos segundos María de los Milagros. Se encontraba vacía. La buscó entre el desorden y la vino a encontrar en la calle. Por un instante sintió un gran alivio. Estaba viva. Al levantar la vista vio al hombre flaco y viejo. Su calva resplandeció con la luz de la luna. Estaba requisando los cuerpos
−¡Estas mintiendo, cabrón!− Fernández le puso el cañón en la sien. Se merecía la misma suerte que los soldados. Dispararía. Lo mataría como el cerdo que era. Luego diría que era un guerrillo, un miembro de la UP, un terrorista. Siempre habría una excusa para matar a un mal nacido como este.
−¡Es la verdad!−Fernández detestaba a la gente que trataban de arreglar con mentiras sus cagadas. Los mentirosos eran similares al excremento de las ratas. Estuvo tentado a arreglarle la cara y se agudizó el dolor de la bilis. La pepa estaba haciendo su trabajo, sintió escalofríos, el condenado mareo. Don Aníbal aprovechó para terminar su historia.
En un primer impulso comenzó a gritar a su hija, le decía que se devolviera de inmediato, le ordenaba blandiendo la escopeta que estaba cometiendo una estupidez. Qué tontería, María de los Milagros era incapaz de reconocer cualquier sonido, pero por lo menos logró asustar al calvo que literalmente se desapareció.
Salió corriendo a la calle, los soldados estaban todos muertos, los vio tendidos en el piso. El calvo ya no estaba por ninguna parte.
En ese estado de angustia fue incapaz de detenerse a contemplar el paisaje, sólo le interesaba su hija. La tomó del brazo. Vamos, le decía. Le sorprendió que se resistiera, siempre se ha caracterizado por ser la más menesterosa. Se salió de los chiros, vamos, le insistía. La estaba regañando por su actitud, cuando María de los Milagros abrió los ojos y señaló a su espalda.
−¡Mmmmmmmmmmmmm!− Quería persuadirme y le resté atención, estaba muy enojado tratando de llevármela hacia la tienda.
−¡Mmmmmmmmmmmm!− Exigía, señalando con el índice.
Acabé volteando y al girar se llevó el susto de mi vida, el Dragoniante Villa, pálido como un papel y con la mirada en blanco se había levantado del suelo. Murmuraba en voz baja. Por unos segundos agradeció a Dios que estuviese vivo, pero pronto se dio cuenta que estaba equivocado, estaba muerto como un cuero y por alguna extraña circunstancia a la que todavía no le hallaba explicación, se había levantado convertido en una especie de vampiro. La mirada extraviada, los dientes se le distorsionaban en la boca, las uñas se convirtieron en garras. Se acercó queriendo hacer daño, lanzándonos zarpazos, gruñendo como perro rabioso.
Engarrotado al brazo de su hija, retrocedieron espantados con tan mala suerte que el cuerpo de Mejía les hizo zancadilla y cayeron al piso de espaldas. Entonces, el soldado se levantó del piso también, traía sus ojos en blanco, gruñía y agarró la pierna de María de los Milagros.
En un pulso frenético la arrebató de sus pezuñas. Mejía y el Dragoniante Villa, eran dos seres monstruosos y lo primero que se le vino a la cabeza fue darles su escopetazo. Les partió el pecho con todas las costillas incluidas y cayeron muertos, de nuevo, al piso.
−Tengo buena puntería, detective. Les dejé gigantescos boquetes en el estómago de recuerdo. Me los quité de encima, pero aún así esperé unos veinte minutos. Si se volvían a parar estaba dispuesto a malgastar lo que quedaba de municiones. Menos mal no fue así, o los hubiera matado las veces que fueran necesarias. Luego tomé a mi hija del brazo y nos refugiamos en la tienda. Antes de llamar a la policía me cercioré de esconder la escopeta. No quería problemas con la autoridad. Lo confieso, fue una estupidez. ¿Ahora comprende porqué me daba pena comentar esto? Me creería loco o quien sabe que cosas. Debe creerme, detective.
Hubo unos minutos de silencio. Fernández sentía ganas de vomitar. Eructaba repetidamente, todo le daba vueltas. Sabía que el efecto de empalme entre las dos pepas duraba media hora, debía aguantar, en un rato estaría mejor. Se llevó la mano a la cara y respiró.
−¿Cree que le voy a creer esa historia?− A su vez, resultaba imposible controlarse. Cuando a un malparido por cuidar su culo le da por inventar historias de chinos, lo quería coger a golpes. Esta de los muertos vivientes era la peor de todas.
−Lo sé... Es extraña, pero es la ver...
−¡Le prohíbo que diga esa palabra!
−¡Perdóneme! Pero es la verdad...
−¡Qué no diga esa maldita palabra!− A veces, a Fernández le costaba mucho controlarse. La violencia que ebullía de su sistema nervioso era más poderosa que el medicamento. Le dio un par de golpes al capó con la cabeza del panzón. Estaba dispuesto a matar a ese hijueputa, pero Braco arruinó la fiesta.
Su compañero oteaba a la distancia, sentía la presencia de alguien, olisqueaba nervioso, algo andaba mal en el ambiente. Pocos policías tenían ese olfato tan prodigioso. Fernández miró a su alrededor y vio perderse en la espesura del bosque la carretera solitaria, la misma escena en ambas direcciones.
−Tranquilo, ya nos vamos− Volvía a lo suyo. Don Aníbal estaba sobándose la cabeza, en su frente, justo encima de la herida en la mejilla, le había nacido un chichón morado. Le quería dejar otro más grande del otro lado cuando Braco volvió a interrumpir, esta vez con más ahínco. Algo extraño estaba sucediendo.
−¡Mmmmmmmmmmmmmm!− La niña fue la primera en verlo. Pegó un aullido de delfín moribundo que minó la tranquilidad del lugar y provocó que de los árboles un grupo de palomas volara hacia el infinito.
Era el sujeto calvo. Prácticamente se materializó en el aire, haciéndose visible en plena carretera. Estaba del otro lado del auto, justo frente a la puerta donde estaba María de los Milagros chillando. Fernández por unos segundos culpó a la maldita pepa. Veía visiones. ¿Como putas llegó hasta sus narices ese man sin que nadie lo viera?
−¡Es él! ¡Es él!− Gritó como un loco Don Aníbal.
El calvo trató de abrir la puerta donde estaba la niña y al encontrar que estaba cerrada rompió el cristal con los puños. Una mano enguantada tanteó buscando el seguro y lo empujó hacia afuera.
−¡Haga algo por el amor de Dios!− Braco trató de detener al intruso, pero del susto, acabó agazapado en la silla. El calvo abrió la puerta. María de los Milagros, al estar esposada, trató de defenderse con las extremidades. Ningún esfuerzo fue válido, el tipo la sacó de un halonazo.
−¡Quieto, Policía nacional!− Ordenó Fernández. La reacción fue tardía. El calvo tenía a la niña entre sus garras.
−¡Suelte a la pelada!− Fernández sentía nauseas, agrieras, mareos, el pulso le temblaba.
−Deme el reloj y se la entrego viva− El tipo hablaba en serio. Sus manos enguantadas apretaban el cuello de la sordomuda, la estaba asfixiando.
−¡Dele lo que pide! ¡La va a matar!− El grito de Don Aníbal lo trajo a la realidad como por dentro de un tubo y Fernández captó la gravedad de los hechos. Si se negaba a dar lo que le solicitaba, el calvo la mataría. Si disparaba, lo haría por su cuenta. No había una tercera.
−¡Quiero el reloj!
−Esta bien− Fernández bajó la pistola y la guardó en sus pantalones. Ahora estaban a mano, literalmente. −¡Esta bien! Se lo daré si suelta a la niña.
−Primero el reloj− El calvete se aferró a María de los Milagros, sonreía dejando ver dos pronunciados colmillos a cada lado de la boca.
−¡Mmmmmmmmmmmmmmmmm!− Chillaba la pequeña.
−¡Déselo! ¡Por favor!− Exigía el tendero.
Fernández se tanteó los pantalones y extrajo lentamente el sobrecito transparente donde estaba guardado el reloj. Levantó la mano.
−¿Quiere esto?− Al calvo le brillaron los ojos.
−¡Démelo! ¡Eso no le pertenece!
−¿Es suyo?− Fernández sacudió su mano y la volvió a guardar, esta vez en uno de los bolsillos de la chaqueta. Si lo quería tendría que venir por él. Extrajo un cigarrillo y se tomó su tiempo para encenderlo. Quería alejar el efecto de a pepa. Aspiró.
−¿Tienes nombre?
−Eso no le importa. ¡Deme el reloj!
Fernández desconocía cual era el interés en ese pedazo de tiesto. Lo que fuera tenía las de ganar. Arrojó el humo por sus narices.
−¿Quién era la mujer muerta que llevaban en el baúl?
−Nadie. ¡Que me dé el reloj!− El calvo retrocedió un paso.
−¿A dónde la llevaban?
−¡No juegue conmigo!− El calvo amenazó con enterrar sus colmillos en el cuello de la niña. −¿Quiere que la muerda?
María de los Milagros temblaba como un borreguito empapado. Le daba lástima esa escena.
−Esta bien− Fernández sacó de nuevo la bolsita. −¡Esta bien!. Hágamos una trato. Entrégate sin causar más problemas y la tendrás para todos los veinte años que te quedan en prisión. ¿Qué dices?
El calvo lucía cansado de tantos rodeos.
−No quería hacerte daño, detective Fernández, eres uno de los nuestros. Pero todo tiene su límite.
−¿Cómo sabe mi nombre?
−Sé muchas cosas... Más de lo que se pueda imaginar.
−¿Ahh sí?− Respondió encendiendo el mechero. −Pero apuesto que desconoces lo que voy a hacer con esto.
Fernández acercó la bolsa a la llamita. El plástico comenzó a diluirse por el calor, una columna de humo se elevó de inmediato. La calcomanía con la palabra EVIDENCIA se carcomía con el fuego. El calvo gruñó, soltó a la niña, la arrojó a un lado.
−¡Cúbranse!− Ordenó el agente del F-2, sacando de su sexo la pistola. Alcanzó a levantar a medias el brazo, cuando sintió un grave dolor en el estómago y vio unas garras que le raparan el objeto de sus dedos. Cayendo al piso disparó sin contemplaciones. Llevaba años practicando en objetos en movimiento y llegó a creer que le puso por lo menos tres botones.
El calvo se levantó como si nada. Por unos breves instantes Fernández pensó que era culpa de ese maldito tratamiento que según órdenes de sus superiores eran la única condición para mantenerse dentro de la policía. Se puso en pie apuntando la pistola y dando leña, hasta acabar con el proveedor. Los impactos cruzaban por el cuerpo del calvete como si fuese transparente. Cuando acabó con los cartuchos, el maldito fantasma se acercó a Fernández.
−¡Cuidado!− Exclamó Don Aníbal. De poco sirvió el grito, el calvo esquivó el puño del detective y devolvió un manazo que impactó en su quijada. Fernández voló unos metros y cayó de plano sobre el pavimento unos metros adelante. Cuando levantó la vista, aporreado y tembloroso, el tipo había desaparecido.
−¿Estás bien?
−Muy bonita la hora en que te da por aparecer− Braco lo sentía, se había asustado, a cualquier policía le pasaría lo mismo si un tipo con la dentadura de Drácula le diera por pelarle los dientes. Fernández se levantó, tenía una magulladura en la rodilla y un raspón en el codo.
−¿Ahora me cree?− Decía el gordo Su mirada socarrona le parecía impertinente. Se abstuvo de dar respuestas estúpidas. El tamal todavía era un asesino y ninguna alucinación producía por su droga psiquiátrica le salvaría el pellejo.
−Por favor... Soy inocente. ¡Déjeme ir!
−Al único lugar donde vas a ir es a la Estación.
−Pero, detective... Usted vio...
−Se equivoca, amigo. Yo no vi nada.
María de los Milagros lloraba en silencio, como sólo saben hacerlo los sordomudos. Su rostro era un gran charco de mocos y lágrimas. Sintió lástima por ella. Le daba asco secarla con su pañuelo, así que le quitó las esposas para que lo hiciera con su vestido. La niña fue otra con las manos libres. Las movía para todos lados, como si construyera un castillo de viento.
−¡Mmmmmmmmmmmmmmm!− Agregaba.
−¿Qué pasa?
Respondió Don Aníbal. −Quiere decirnos algo.
El tendero se ofreció a traducir el interrogatorio de señas, con una sola condición, le sacaran de encima las esposas. Era necesario para poder entablar una comunicación. Fernández lo pensó un par de minutos, en que la chica se tornó insistente con eso del movimiento de manos. A la final dejó al tipo suelto, eso sí, le advirtió que cualquier treta la pagaría con la vida. Una flota bajó la velocidad en ese momento y sus ocupantes vieron fugazmente por la ventana a un tipo que abrazaba a una niña. Otro, fornido y de mal aspecto se montaba en una patrulla y apagaba la radio.
−Ahora si. Quiero escuchar toda la historia ¿Dónde estabas cuando comenzaron los tiros? Dígale.
Don Aníbal se las arregló para ser lo más explicito y de un par de manotadas lanzó la pregunta. La niña respondió de la misma manera. Estaba sentada viendo la televisión, el especial bailable desde la Plaza de Bolívar. Tocaba el grupo Manduco. Le gustaba aunque no los pudiese escuchar. Unas luces la encandilaron. Era una camioneta Toyota parda, manejada por dos tipos. Volvió a la televisión y supo que interpretaban la canción "Bailamela Suavecita" porque apareció el nombre en el generador de caracteres. Comenzó a seguir la pieza de acuerdo a la imagen del tipo del bongo cuando el ventanal se desmoronó en sus narices.
Saltó de la silla sin entender a cabalidad lo que sucedía. Había visto muchos muertos en los dibujitos de la televisión y salió a la calle, esperando ver el espectáculo en primera fila. Hacía frío. El Dragoniante Villa y Mejía contemplaban a sus víctimas. El negro de la X en la frente estaba vencido dentro del auto, muerto en su ley. De su cuerpo se desprendía una estela de sangre que goteaba fuera del auto y se iba esparciendo hasta formar un charco. El calvo estaba de espaldas.
Se acercó. Los tipos parecían dormidos. Detalló sus cuerpos, asombrada por tanta sangre. De Alzate quedaba poco por hacer, sólo restaba avisar a sus superiores y que estos hicieran lo mismo con sus familiares. El soldado estaba tieso. Muerto. Los soldados se asustaron con su presencia.
−¿Qué haces acá, niñita?− Le apuntó el Dragoniante Villa. −¡Vete!
Estaban en eso cuando el calvo se había levantado, estiraba sus brazos, de su espalda le habían brotado alas y murmuraba una letanía inaudible. Mejía apretó el gatillo y la noche se iluminó con la ráfaga de fuego. La niña vio estallar el cuerpo del tipo, volar pellejos, huesos, coágulos. Las balas lo atravesaban abriéndole boquetes y nada le hacía mella, como en los dibujitos. El calvo se lanzó al cuello del soldado y por unos segundos una cabeza calva se unió al uniforme del ejército. Luego levantó la cara y tenía la boca llena de sangre. Villa apretó el gatillo de su fusil, lo roció de plomo y sucedió lo mismo, el calvo se lanzó sobre el Dragoniante mordiendo su cuello. Cuando volvió a levantar su rostro vi su boca, su lengua, sus ojos rojos. El calvo buscaba algo en el piso, yo lo seguía con la mirada. Entonces apareció papá y con el grito el tipo se desvaneció en el aire. Yo me quedé ahí, tratando de buscarlo con la mirada cuando me tomaron del brazo. Quería quedarme, saber a donde se había ido. Desapareció.
Fernández se tomó su tiempo para contestar. El efecto de la pastilla le hacía sentir súbitamente pesado, el aire le escaseaba.
−¿Eso dice?
−Si, señor.
Parecía un cuento de vaqueros. Se rió. Emitió una carcajada desentonada que le sacó al tendero una sonrisa. Era gracias a la pepa, estaba eufórico. Luego volvió la úlcera, el dolorcito en la bilis. Tomó al sujeto de las solapas.
−¡Todo es una mentira!
−¡Es la verd...
La palabra quedó inconclusa. Fernández le clavó un puño en la cara. Se desquitaba. Luego esposó al tipo y con su hija los metió dentro del auto. La patrulla se puso en marcha y se alejó con la sirena encendida.
En uno de los pinos, un murciélago vio como se perdía por las montañas.