lunes, 9 de noviembre de 2009

EN BUSCA DEL ROSADO SOACHA


Por Francisco Restrepo



Hace veinte años fui a un reconocido centro comercial a comprar el regalo de navidad. En esos ochenta de extraños peinados nuevos los almacenes exhibían prendas de vistosos colores y por salirme de la tradición me dio por escoger una camisa rosa, color negado por centuria al género masculino.
En ese momento de mi adolescencia trastornada por las películas de la Pantera Rosa, la música de Pink Floyd y las camisas de Magnum, me sentía como un actor de cine y he aquí, un Magnum lampiño a mis infelices quince llegando a casa de mis abuelos vistiendo mi última adquisición.
La camisa, como esperaba, llamó la atención de mis tíos, quienes me miraron desfilar por el vestíbulo con paso decidido. A mi abuelo le gustó, o eso por lo menos deduje por su sonrisa de patriarca liberal. Debió pensar en su miopía que era una camisa roja desteñida por el uso. Me sentía irresistible hasta que me encontré de frente en la habitación principal con mis primas que atisbándome lanzaron a quemarropa su peor improperio: “oíste”, así me dijeron, “eso si está muy rosado Soacha”.
Así me enteré (gracias a las risas histéricas de mis primas) que el “Rosado Soacha” era como la “gente de bien” en sus cánones estéticos se mofa del habitante de la Sabana de Bogotá que por algún motivo, razón o circunstancia abusa del rosa en alguna de sus prendas.
Casi veinte años después volví a escuchar el mote. Esta vez fue de labios de Fernando Escobar, el personero de Soacha, un hombre lleno de ideas que ha dado un vuelco a la administración municipal y que gracias a su valiente actitud los colombianos descubrimos el significado de “los falsos positivos”.
A Escobar, el tema le obsesiona. Según me cuenta, mientras tomamos un tinto, el “Rosado Soacha” es parte de la cultura de este municipio, albergue de 300 barrios, algunos pacíficos y rurales, otros conocidos sólo por los sangrientos recortes de prensa, muchas veredas marginales a donde acuden desplazados de medio país.
Le preocupa a Escobar que Soacha se convierta en tierra de nadie y que su historia se pierda, que pase a la posteridad como una zona problemática al que la desidia de los gobiernos y la confusión de los pobladores trashumantes marchitaron sin remedio, y en esa búsqueda del pasado se ha topado con el “Rosado Soacha”.
Divagamos. ¿De dónde podría venir ese apelativo? De las etnias ancestrales que poblaron el sector, aunque es poco probable, pues hasta donde conoce sus tierras son grisáceas y muy distantes de las arenosas laderas de los Pieles Rojas. Quizás de una proliferación desmedida de ese color en las paredes de las casas, pero resulta extraño pues Soacha tradicionalmente ha sido una localidad conservadora.
El tema, aunque sencillo, comenzó a intrigarme. Me atrae la idea de resarcir esa vieja afrenta familiar (lo confieso) pero a la vez el deseo por descubrir el origen de ese popular adagio despectivo.
Llegué a Soacha una tarde de sol naranja, un día azul y lo único que encuentro rosado son las lozas gastadas de la plaza principal y un vestido de una señora que va de la mano con su hija. También una sombrilla, pero aunque son rosadas no alcanzan a convertirse en el “Rosado Soacha”, que es de una tonalidad chillona, cósmica, caliente, metafísica.
Doy una vuelta por una esquina repleta de emboladores y comienzo a preguntar. A los más viejos les suena lejano y misterioso, a los más jóvenes les causa risa, claro que han escuchado hablar de él. Me cuentan que en el catálogo de pinturas Pintuco existe un color llamado “Rosado Soacha”.
Pregunto si alguien conoce de dónde salió ese término. Algunos dicen que quizás se deba al color de las trompas de los buses, pues todos los vehículos de transporte público de esta localidad están pintados de una tonalidad rojiza que debido al uso y al abuso puede llegar a considerarse rosado. Nadie está seguro. O por lo menos nadie tiene memoria de su origen.
Un hombre de dos ochos, ya un poco sordo, calvo, de rostro quemado por el sol se desconcierta con mi pregunta. Llama a sus otros amigos quienes podrían ser Miembros Honorarios de la Academia de Historia de Soacha, pues saben al detalle los corrillos y rumores de dos siglos para acá y hablan de los tiempos del ruido en que la gente andaba a caballo y Soacha era el patio trasero de la capital, el “refugio de la oligarquía”.
Uno de ellos comenta que vio varias veces al doctor Eduardo Santos recorrer las polvorientas calles de Soacha y departir en la Casa Liberal, donde hoy queda una venta de celulares. Otro me dice que fue testigo de primera mano de la tertulia soachuna y describe sus tiendas. Recuerda que en una de estas su dueña, exagerada por la limpieza, solía restregar el limpión por las mesas con tanto ahínco y con denodado esmero, que con el paso de los años logró alisar todas las superficies hasta volverlas delgadas como obleas.
Entonces en coro me hablan del grupo Bochica, un verdadero hito en la historia de la región. Esta agrupación liderada por Luis “el Tuerto” Rojas se hizo famosa por sus contagiosas melodías. Con requinto, guitarra y bandola, solían acomodarse en cualquier mesa y practicar entre un mar de gentes que les seguía con las palmas a rabiar.
Se cuenta que al grupo Bochica se le atribuye, entre muchas otras notas, la autoría de un movido tema al que pusieron por nombre “El Putas”. Dicen que en cierta ocasión un hombre que pasaba por allí escuchó la pieza y como era músico transcribió por completo la partitura, las llevó a Bogotá y la convirtió en un éxito rotundo con el nombre de “La Gata Golosa”, una melodía de la que muchos ingenuamente consideran como el himno de Bogotá.
Otro que tiene gafas rezonga, “Todo lo del pobre es robado”, aunque no estoy seguro si lo que dice es “Todo lo del rico es rosado”. Le pregunto por el color, esperando una disertación proletaria. El tipo cierra los ojos. “Claro”, le suena, pero no está seguro de que boca lo escuchó, en que página lo leyó y niega con la cabeza.
A los hombres les avergüenza hablar del rosado, un color tan femenino, tan indefinido. El rosado no es rojo y blanco, tampoco es blanco y rojo, es rosa. Un pastiche. Quizás por eso se le menosprecia culturalmente. A los bebés se le tejen mitones azules, se les da el cielo, el agua, el color del infinito. A las bebitas las visten de rosa, un color para flores, flamingos y algodones de dulce. Un color de menor valor que ni siquiera aparece en el arco iris. Es tan despreciable, que se han inventado el “fucsia” para minimizarlo.
Me parece injusto y pensando en eso me despido de los ancianos y sigo mi camino. En la plaza me encuentro con una colección de totumas de plástico. Es domingo y varias personas se arremolinan en ese lugar buscando fortuna. Las totumas están llenas de agua y adentro veo varias monedas. Me acerco, porque me ha llamado la atención que una de las totumas es rosada. No estoy seguro, pero puede ser el color que estoy buscando.
El juego es administrado por Luz Marina, natural de la zona. De lunes a viernes se dedica al comercio ambulante y los fines de semana va y viene con un atado de totumas de plástico. Escoge un lugar donde asentarse, las llena de agua, distribuye parte de su sueldo en cada una y traza a unos metros una raya. El aventurero que se cruza por ahí paga una moneda por un lance (en el que puede tomar impulso hasta la raya) y prueba su puntería. Si está con suerte puede hacerse cinco mil pesos con una morrocota de quinientos.
Me quedo mirando la totuma de plástico, la rosada es la única que me interesa, pero para redondear mi teoría, apenas tiene en su interior, bajos las aguas turbias, dos monedas que suman trescientos pesos. Es la peor calificada. ¿Por qué? Le pregunto a Luz Marina. “Ah, yo no sé”, me contesta. Cuando le hablo del “Rosado Soacha”, escucha con atención, pero es la primera vez que oye hablar del tema.
Y es que creía que era sólo llegar a la Plaza y todos me iban a hablar del color por el que Soacha es tan conocido, de encontrar una “zona rosa Soacha”, pero no, son pocos los que lo conocen para mi sorpresa. Pregunto aquí y allá sin resultados. En un restaurante que sirve el popular cuchuco de espinazo y gallina criolla encuentro una pista. Su dueño asegura que alguna vez la Alcaldía estuvo pintada de rosa. “Quizás de ahí viene”, me dice, pero las fechas no concuerdan, el tipo está seguro que fue como hace diez años, pero las burlas de mis primas datan de veinte años atrás. “Es que cada alcalde la pinta de un nuevo color”, agrega.
Camino por ahí, medio decepcionado (lo confieso) por las mismas calles donde alguna vez Eugenio Díaz, el ilustre escritor de Soacha, se inspiró para sus Cuadros de Costumbres. Ya queda muy poco de esos días de sastrerías, del famoso peto de doña Adelina, de las haciendas con zócalos donde imagino las señoras sembraban hermosos rosales. Los teatros Bernal y Boyacá, donde pasaban las películas de Jorge Negrete y Cantiflas hoy ya no están, se fueron como desapareció Antonio, el de la tienda más cara del mundo y que apodaban cariñosamente “El señor baratillo”. Y qué decir del “artista colombiano” que hace muchos años recorría con megáfono estas mismas calles vendiendo de puerta en puerta sus baratijas.
Entonces, como una alucinación, se posa ante mis ojos un cuadro perfecto, en todo su esplendor veo un grupo que en mi corto entendimiento reconozco como la comparsa oficial del “Rosado Soacha”.
Me acerco, sin tratar de molestar y con asombro descubro a varias mujeres acompañadas por algunos hombres, ellos de negro lúgubre, ellas de amarillo chillón, verde esmeralda y tres de ellas con trajes cortos rosas descubiertos en los hombros. Es el color que busco y me entero de los motivos de la pasarela: son una familia que se dirige a una primera comunión. Nada más, están de afán. Suben a un taxi y se van como lo haría el ministro de agricultura, o sea, sin dar declaraciones.
El día se torna espeso, la tarde se va volviendo gris y nadie me ha dado la solución al anatema metafísico del bendito rosado de Soacha. A los medios sólo les interesa extraer de esa localidad asuntos de pandillas, mujeres delincuentes, violencia intrafamiliar. Imagino que para un ciudadano de Bagadó (Chocó) si le hablan de Soacha se le viene a la cabeza de inmediato la escena tenebrosa del 89, cuando las mafias de Medellín, aliados con algunos políticos de Bogotá, dispararon las balas que derribaron en la tarima el entonces candidato presidencial Luis Carlos Galán. “Lastimosamente”, me comenta un hombre de bigote canoso, “con esto se logró que el mundo se enterara de nuestra existencia”.
Soacha es mucho más que eso. De sus campos han surgido grandes personalidades. En el mundo deportivo basta recordar a Gabriel Hernández Alonso, capitán de la Selección Colombia, quien vistiendo la camiseta azul rey de Millonarios hizo grandes estragos en las porterías contrarias. O un Bernardo Chía, un Eleódoro Zulúaga y hasta un Lalo Herrera.
Me pongo a conversar de fútbol y me preguntan si he escuchado hablar del equipo “Las Calzonarias”. Fue un scratch legendario por allá a mitad del siglo pasado. El nombre del equipo se debía a que los jugadores ostentaban tirantes cruzados en la espalda y participaban en pequeños cuadrangulares donde siempre salían campeones contra el Deportivo Tequendama o San Lorenzo.
Su principal figura todavía está viva. Se llama Humberto Tinjacá, al que apodan “trespies”. Vive en Soacha así que voy y lo visito, me recibe con cariño y hablamos por horas. Me sorprende en primera instancia su memoria nemotécnica que clasifica hechos y acciones de su infancia como si los hubiese vivido ayer.
Por desgracia, nunca pudo llegar a convertirse en jugador profesional. Tuvo que partirse el lomo trabajando como obrero en una fábrica de muebles, luego en Icollantas y Cauchosol, ganando según él, “un sueldo de limosnero”. Por dos horas lo dejo desahogarse. Abro la boca apenas para contrapreguntar, redondear alguna idea y reír, con cada anécdota.
Estos viejos de ahora, quién los entiende. Humberto es de los deportistas, le dedicó la vida entera al fútbol, exprimiendo cada hora de descanso, cada domingo para patear una pelota pero de ello sólo sacó un buen estado físico y unas cuantas borracheras en la tienda “La Corrosca”. Luego fue entrenador, preparador físico de las nuevas generaciones y presidente de la Liga de Fútbol de Soacha.
Entonces me entero que en el equipo hay un uniforme de entrenamiento color rosa. La noticia me hace saltar de la silla. Me parece increíble. “¿Rosa?”, le pregunto, “si, rosado” me contesta. “¿Cómo el rosado Soacha?”, el viejo se ríe. “No, como el Juventus”.
Así termina nuestra conversación. Ya es tarde. La luna blanca se posa sobre la noche negra y me he dado por vencido. Me dispongo a regresar con las manos vacías, la búsqueda ha llegado a su fin y en un paradero medio desolado, esperando el bus, hablo en voz alta. A mi lado se encuentra una señora de lentes y un talego de plástico y no sé porque terminamos conversando. Entonces, sin tener muchas esperanzas le pregunto, como lo he hecho con casi una veintena de personas. “¿Ha escuchado hablar del Rosado Soacha?”. La respuesta ya ni me sorprende. “Sí, claro”.
“¿Y de donde viene?” interpelo, observando con curiosidad como del talego extrae unos merenguitos (adivinen de qué color) y los lleva a su boca. Entonces me cuenta la historia, hace muchos años en la plaza principal, un señor comenzó a vender ponches y de pronto, de un momento a otro, resultó corriente ver a los “poncheros” estacionarse a ofrecer sus deliciosas bebidas.
La gente se arremolinaba los días soleados y así, como crecía la sed, se multiplicaban los vendedores, hasta que la competencia se puso tan difícil que uno de ellos que pasó a la historia en el absoluto anonimato, por diferenciarse de los demás pintó su barrilete de un color rosa, muy llamativo y sugerente.
A ese, por supuesto, le bastó un par de días acaparar la clientela y de pronto todos por imitarle, presos de una fiebre rosada, pintaron sus barriletes del mismo color. Para el forastero que llegaba de lejos y daba una vuelta por la plaza, ver esa sinfonía cromática le debió parecer un hecho asombroso y fue así como alguien, otro anónimo de la historia, bautizó ese tono como “el Rosado Soacha”.
Ahí acaba la historia. Un bus de trompa roja (¿Será rosa?) y con el guardafangos sucio de barro aparece de la nada. Me despido de la mujer y subo, pero sólo mientras introduzco las monedas del pasaje por la ranura me doy cuenta que el chofer tiene una camisa muy parecida a la que veinte años atrás originó toda esta búsqueda. Me rió y para mis adentros pienso, ¿Qué dirían mis primas?